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La mitad de los españoles desconoce que se puede donar plasma además de sangre

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¿Sabías que una parte de tu sangre puede convertirse, meses después, en un medicamento imprescindible para otra persona? Aunque el 84% de los españoles afirma saber qué es el plasma sanguíneo, casi la mitad desconoce una de sus aplicaciones más importantes: su utilización como materia prima para fabricar medicamentos destinados a pacientes con enfermedades crónicas, raras y potencialmente graves.

Así lo revela una encuesta de Kantar para Grifols, realizada entre 2.000 adultos de toda España con motivo de la Semana Internacional del Plasma. El estudio dibuja una paradoja llamativa: existe una elevada disposición a donar, pero todavía un conocimiento limitado sobre qué es realmente la donación de plasma, cómo se realiza y qué ocurre después con esa donación.

El dato más revelador quizá sea este: el 75% de los encuestados estaría dispuesto a donar plasma si tuviera más información sobre el proceso y un centro cercano. Entre las mujeres, la cifra asciende al 78%.

La barrera, por tanto, parece estar menos en la voluntad que en el conocimiento.

Plasma: mucho más que la parte líquida de la sangre

Cuando pensamos en una donación, probablemente imaginamos una bolsa de sangre completa. Pero la sangre es un sistema mucho más sofisticado. Aproximadamente el 55% de su volumen corresponde al plasma, una fracción líquida de aspecto amarillento que transporta proteínas, nutrientes, hormonas y otras sustancias por el organismo.

Entre sus componentes se encuentran proteínas con funciones esenciales relacionadas con la respuesta inmunitaria y la coagulación. Algunas de ellas pueden utilizarse para producir medicamentos destinados a personas que no generan cantidades suficientes por sí mismas.

Ahí aparece una de las grandes particularidades del plasma: no estamos hablando simplemente de una transfusión, sino también de una materia prima biológica para fabricar tratamientos.

Los medicamentos derivados del plasma se utilizan en situaciones muy diversas, entre ellas:

  • Inmunodeficiencias, que pueden requerir tratamiento continuado con inmunoglobulinas.
  • Determinadas enfermedades neurológicas, como la polineuropatía desmielinizante inflamatoria crónica.
  • Trastornos hemorrágicos relacionados con determinadas deficiencias de proteínas de coagulación.
  • Algunas enfermedades hepáticas.
  • Determinadas afecciones respiratorias y autoinmunes.
  • Situaciones agudas como grandes quemaduras, hemorragias graves o shock, además de determinadas complicaciones asociadas a intervenciones quirúrgicas complejas.

El 42% de los españoles consultados, sin embargo, no sabe que el plasma puede utilizarse para fabricar este tipo de medicamentos.

Para algunos pacientes, además, estos tratamientos no son algo puntual. Pueden formar parte de su rutina médica durante años o incluso durante toda la vida.

La plasmaféresis: la técnica que permite donar plasma sin donar toda la sangre

Aquí aparece otro concepto que continúa siendo poco conocido: la plasmaféresis.

A diferencia de la donación convencional de sangre, este procedimiento utiliza una máquina que separa el plasma del resto de componentes sanguíneos. Los glóbulos rojos y las plaquetas se devuelven al donante, mientras que el plasma se recoge para su posterior utilización.

Solo aproximadamente uno de cada dos españoles afirma conocer esta técnica, según la encuesta.

Y es precisamente esta modalidad la que adquiere especial relevancia cuando hablamos de aumentar la disponibilidad de plasma. Al poder devolver al organismo buena parte de los componentes celulares de la sangre, la plasmaféresis permite obtener volúmenes de plasma significativamente mayores en cada donación.

La diferencia no es menor cuando se observa la cantidad de plasma que puede ser necesaria para fabricar determinados tratamientos.

Según los datos aportados por Grifols, se estima que los medicamentos destinados a pacientes con inmunodeficiencias pueden requerir aproximadamente 130 donaciones de plasma por plasmaféresis al año por paciente. Para la polineuropatía desmielinizante inflamatoria crónica, la cifra puede superar las 400 donaciones anuales, mientras que determinados tratamientos para el déficit de alfa-1 antitripsina pueden llegar a necesitar alrededor de 900 donaciones por paciente y año.

Son cifras que permiten entender por qué una donación individual forma parte de una cadena mucho más grande.

Una materia prima estratégica en plena escalada de demanda

El problema es que la necesidad de medicamentos derivados del plasma está creciendo.

Según los datos incluidos en la información facilitada por Grifols, el consumo de inmunoglobulinas en España ha aumentado un 21% en los últimos dos años y un 114% durante la última década, de acuerdo con cifras del Ministerio de Sanidad.

Hay varios factores detrás de esta evolución: el envejecimiento de la población, una mayor capacidad diagnóstica y la identificación de nuevos pacientes, además de la aparición de nuevas indicaciones terapéuticas y el incremento del uso de inmunoglobulinas en determinadas inmunodeficiencias.

Mientras tanto, la recogida de plasma nacional no crece al mismo ritmo.

En 2025, siempre según los datos aportados en la encuesta y su contexto, la autosuficiencia española en inmunoglobulinas se situó en el 26%, frente al 64% en albúmina y el 39% en factor VIII. La brecha estimada de autosuficiencia se sitúa alrededor de 1,5 millones de litros de plasma.

Y existe un elemento que complica todavía más el escenario: fabricar determinados medicamentos derivados del plasma no es un proceso rápido. La cadena puede superar los 12 meses desde la donación hasta que el medicamento está disponible para el paciente.

Por eso, el plasma no funciona como una reserva que pueda incrementarse de un día para otro cuando aumenta la demanda. Requiere donantes, centros de recogida, procesos de fraccionamiento y fabricación altamente especializados y una cadena de suministro cuidadosamente controlada.

La situación tampoco es exclusivamente española. Europa mantiene una dependencia estructural del plasma procedente de terceros países, especialmente de Estados Unidos, para garantizar el suministro de determinados medicamentos plasmáticos.

En este contexto, el mensaje de la encuesta adquiere otra dimensión. Si tres de cada cuatro personas estarían dispuestas a donar plasma cuando conocen mejor el procedimiento y tienen un centro próximo, informar también puede convertirse en una herramienta sanitaria.

La investigación y la capacidad industrial son fundamentales, pero existe un componente que ninguna tecnología puede sustituir completamente: el plasma procede de personas.

Y detrás de esa bolsa que muchos asociamos simplemente con una donación hay una cadena biológica mucho más compleja: una proteína que ayudará a controlar una enfermedad, una inmunoglobulina que permitirá a un paciente mantener su tratamiento o un medicamento que puede ser necesario de forma recurrente durante décadas.

Quizá por eso la pregunta ya no debería ser únicamente quién necesita plasma. También conviene preguntarnos cuántas personas podrían convertirse en donantes si conocieran lo que realmente ocurre después de sentarse en una camilla.


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